Cerca de finalizar mi estancia en India me acerqué a Susshant (nuestro maestro de pranayama) para transmitirle mi reconocimiento, tanto a su forma de impartirnos las clases como a su forma ser. Quise decirle en inglés que era una persona muy “coherente” en el sentido más ontológico de la palabra, pero pese a mis intentos de encontrar el término exacto en este idioma le dije:  “Quiero decir, que eres el ejemplo perfecto de ser lo mismo que dices, lo mismo que sientes, lo mismo que haces”. Él me miró con una amplia sonrisa y contestó: “¡Ah! En India a eso lo llamamos Yoga.”

No podía haber recibido una definición más clara de lo que Yoga significa: “El ser en consonancia con lo mismo que se dice o piensa, se siente y se hace.” Sin embargo, ¿cuántas veces lo que decimos poco o nada tiene que ver con lo que pensamos o sentimos? ¿Cuántas veces no expresamos lo que verdaderamente sentimos y actuamos en contra de lo que realmente queremos hacer? ¿En qué momento se produjo tal separación?

Durante mi estancia en India integré profundamente que todo lo que el ser humano necesita para ser feliz o sentirse pleno y satisfecho lo puede encontrar siguiendo los fundamentos de esta filosofía milenaria. Yoga no es sólo una metodología para trabajar con el cuerpo sino toda una filosofía de vida, las Asanas o posturas de Yoga no son más que la punta del iceberg (como te iré compartiendo a través de mis próximos post). En India comprendí que todo cuanto había aprendido durante los últimos años de filósofos y psicólogos occidentales acerca del desarrollo personal ya lo había explicado el Yoga miles de años atrás mediante sus múltiples vías, principios, enseñanzas, conceptos y maestros. Si bien es cierto que el trabajo con el cuerpo es importante en Yoga, no sería distinto de cualquier otra actividad física de no ser por toda la filosofía de vida que hay detrás de ello para llevar a cabo la implementación de las asanas, (concepto al que le dedicaré todo un post próximamente). Este trabajo corporal tiene que ver, sobre todo, con relacionarnos de manera profunda con nuestra propia esencia para expresarnos y mostrarnos al mundo desde ahí. Por lo tanto, Yoga es para todos porque todos somos “Yoga”, unión de cuerpo, mente y espíritu con el todo, todos somos una esencia integrada que habita un cuerpo mediante el que se expresa.

La cuestión es ¿Cómo quiero ir incorporándolo en mi vida?. Si elijo empezar a través de la cara más visible del Yoga, que son las asanas, he de comprender que la práctica de las mismas supone todo un proceso de “común-unión” conmigo mismo. Se trata de un proceso en el que se adquiere mayor conciencia de uno mismo, de las propias emociones a través de la observación de la práctica en sí misma y lo que va sucediendo dentro de uno. Es una práctica que permite conocerse a uno mismo y “des-velarse” (personalmente he vivido como se me han caído muchos velos mediante la práctica) a la vez que uno va derribando muros mentales y físicos (que a menudo son consecuencia unos de otros). Y la única forma que conozco de emprender este recorrido con éxito es desde el amor, la amabilidad y la compasión, primero hacia uno mismo, para transmitirlo a los demás. No entraña reto (pues no hay nada que conseguir, sólo que observar y experimentar), no implica competencia (ni siquiera con uno mismo) y no debe suponer un ingente esfuerzo pues como diría Jodorowsky: “El verdadero amor no supone esfuerzo, no lo fabricas, te inunda.”

Así que desde esta perspectiva que define al genuino Yoga, cualquier persona independientemente de la edad o condición y circunstancias físicas puede emprender su práctica, adaptándola a la medida de sus capacidades, siguiendo su propio camino, su propio ritmo, respetando sus propias limitaciones con amabilidad, sin forzar, sencillamente rindiéndose a la experiencia y aprender de lo que ocurra.

Armonía y plenitud para tu día.

Namaste

Minerva